Niels, el herrero de Göta

Niels de Gotä era un hombre que vivía en la isla vikinga de Gotä, que flotaba en diminuta soledad al este de Svealanden. Su nombre completo era Helge Nielsen Haakon Larssen Daven Herreren de Gotälendonen; porque la gente ostentaba nombres pomposos en aquellos tiempos. En su terruño habitaba entonces mucha menos gente, con lo cual todos los habitantes eran a su modo personajes distinguidos, pero largo ha llovido desde esa edad y en pos de la amenidad de este relato, lo llamaremos simplemente por la forma abreviada y popular de su nombre: era el herrero Niels de Göta, y tenía una larga barba rubia. Niels era un gran amante de las armas como todo vikingo que se precie, pero su constitución raquítica y una sordera parcial lo habían hecho declinarse por el oficio de herrero, que si bien no era tan honorable, proporcionaba una esperanza de vida cuantiosamente más larga. La diosa Frigg le había proporcionado una esposa, Engla, que era bastante sumisa aunque significativamente más despierta que él.

En aquella época no había prisas ni ajetreos, puesto que la premura poco o nada tenía que ver con los oficios. Se conversaba mucho, sobre todo de los memorables sucesos que ocurrían al sur de Gotä, donde los drakkar de los intrépidos conquistadores empezaban a adueñarse de las islas británicas. Pero la verdad es que hacía largo tiempo desde el último suceso verdaderamente memorable que había ocurrido en la propia isla. La única preocupación de las gentes que no guerreaban era mantenerse cómodos y rollizos, fornicar y zanganear. Y en estas tareas se hallaba nuestro amigo Niels cuando un Jötun torpe tropezó y cayó al vacío desde Jötunheim, hogar celestial de los Gigantes de Hielo.

Aquel ejemplar no se había escurrido por casualidad. Una marcada cojera lo afligía desde que el travieso Loki hubiera decidido robarle, con nocturnidad y alevosía, uno de los dedos de su pie derecho. Padecía además una ceguera aguda de su última pelea contra Vanir, quien con su lanza áurea había atravesado su cabeza a la altura del glaciar occipital, para gloria de Odín. El desubicado gigante pasó la jornada entera vagando por la isla de Göta, y he aquí que poco antes del anochecer fue a encontrarse con Engla, que había decidido salir al bosque en busca de bayas. Hambriento como se encontraba después de caminar todo el día se encontró a la esposa del herrero agazapada entre los árboles, y preso de su invidencia la confundió con una roca. El Jotün comenzó a caminar hacia ella tan rápido como le permitía su minusvalía, lo que provocó una sacudida en el suelo, alertando a Engla. Al darse la vuelta y encontrarse con la colosal figura de hielo que avanzaba al trantrán pero inexorable, la mujer profirió un chillido agudo, dejó caer la cesta y corrió hacia su casa, que se encontraba a unos escasos quinientos metros. Cuando llegó con el Jötun pisándole los talones, se encontró con la puerta atrancada, pues Niels gustaba de dormir temprano. Acuciada por las prisas, Engla la aporreó con una vehemencia que, temía, no le haría gracia a su marido. Se oyó un profundo bostezo y a través de la ventana entreabierta del cuarto la voz malhumorada de Niels sonó:

Deja ya d’aporrear la puerta, mujer. ¿Qué carajos quies? –el herrero no era precisamente conocido por su simpatía a la hora de despertarse.

¡NIELS POR ODÍN Y POR TÓ LO QUE MÁS QUIES!¡ABRE QUE TA AQUÍ UN BICHO DE HIELO ENORME QUE ME QUIÉ COMER!-dijo ella, cuyo vocabulario tampoco era conocido por su holgura.

Niels el herrero asomó su cabeza por la ventana de la cabaña. Su cara era un poema; la barba enmarañada se levantaba por sobre su cara como una enredadera, confundiéndose con la alborotada melena de su cabeza. Si se hubiera paseado de esa guisa por el Himalaya, quizás la leyenda del Yeti hubiera surgido unos cuantos siglos antes. Alertados por la ruidosa discusión, y por los también ruidosos pasos del Jötun, la gente de la aldea comenzó a mirar hacia la colina, donde se levantaba la casa. Niels observó a su esposa de abajo arriba, y con un gesto de reprobación, le espetó:

– ¿Pero ande tan las bayas, mujer? ¿No saliste a cogelas?

-¡NIELS ME CAGON TU MADRE, QUE VIENE EL MONUSTRUO!

Niels desapareció bajo el alféizar. Engla siguió gimoteando desesperada mirando de reojo al gigante, cuyo brazo extendido ya se encontraba a unos escasos dos metros de agarrarla. La gente abría la boca asombrada, saboreando la conversación jugosa que les iba a aportar tamaña desgracia. Pero de repente, un cuerno lleno de cerveza salió volando por la ventana al grito de:

-¡TÚ A MI MÁ NO LA INSULTAS, CACHO PEDORRA!- Niels estaba fuera de sí, y comenzó a arrojar por la ventana todo aquello que tenía a mano. Ora un cuerno con cerveza, ora un tonel con cerveza, ora un libro sobre cómo hacer cerveza empapado de cerveza…

Pero si nuestro buen amigo no había llegado a ser un valeroso guerrero vikingo era también debido a su escasa puntería, por lo que los objetos se estrellaron contra la montaña de hielo que conformaba el Jötun, justo detrás de Engla. Éste, al verse empapado completamente de aquel líquido amarillento y hasta cierto punto viscoso, pensó: ‘‘Mierda, no estoy en el Valhalla. Torpe de mí, he caído a la tierra y ya me han vuelto a cagar los malditos pajarracos. Siempre igual.’’ Si bien ciego, el gigante era muy pulcro y orgulloso, y decidió cambiar completamente de dirección y volver a internarse en el bosque para buscar las escaleras que de nuevo lo habían de conducir a Jötunheim.

Al ver lo que había sucedido, se corrió la voz rápidamente por toda Göta y subsecuentemente, los mercaderes que comerciaban con Svealand hicieron que la historia llegara a oídos del rey Harald III. Un simple herrero se había enfrentado a uno de los gigantes de Hielo y lo había hecho huir en una proeza como no se había visto igual desde hacía cientos de años en todos el reino vikingo. El rey siempre cauto ante la impresionabilidad de los mercachifles se imaginó que la hazaña no había tenido tal magnitud, pero decidió ser precavido con el nuevo héroe del pueblo y no tardó en mandar misivas. Junto a la carta, decidió enviar también una antigua hacha de su tatarabuelo, (la más vieja, mellada e inútil de todas ellas, pues era un monarca avaricioso.) Aquella hacha recibía el nombre de Matendragonen, aunque en lengua vernácula era conocida como Cortarrabos, y había gozado de cierto renombre en su época.

Cuando las nuevas llegaron a casa de Niels, éste no cabía en sí de gozo. Una carta del rey, ¡para él! No de un acreedor, ni tan siquiera de un Jarl, ¡de un rey! Tal vez haber sido un héroe accidentalmente hubiera resultado no ser algo tan fastidioso, después de todo. Al abrir el fardo que contenía la desmejorada hacha, miró su empuñadura repleta de zafiros con asombro, y cegado por el orgullo no reparó en la hoja hasta días después, cuando la gente comenzó a acudir en tropel a su hogar de la colina para admirarla. De estos días surgió la expresión ‘en casa del herrero, hacha sin filo’, que evolucionaría más tarde hasta el proverbio que conocemos ahora. Mientras todo ello tenía lugar, el miserable Jötun deambulaba aún por los bosques de Göta, y tras mucho caminar llegó hasta el extremo oeste de la isla, donde se extendía el vasto mar. Allí, se encontró a Jörmungandr, la serpiente de Midgard, hija de Loki y el gigante Angbroda. El inmenso reptil había sido condenado por Odín a vagar por los mares de la tierra debido a su malicia hasta el día del Ragnarök. Si bien era digna de temer, astuta y maliciosa, Jörmungandr no era para nada intrépida, y aguardaba siempre agazapada en el mar esperando su oportunidad para herir a Odín y su estirpe. El Gigante le habló entonces de la tierra que había encontrado en aquella isla, aparentemente despoblada de guerreros valerosos, pero repleta de molestos pajarracos que ensucian a uno si se descuida. La serpiente era codiciosa y vengativa, y ante aquellas buenas nuevas comenzó a saborear en su paladar a los hijos de Odín, e imaginó también su inmenso cuerpo de reptil abrazando el oro de los aldeanos, custodiándolo y esperando a que algunos héroes insensatos acudieran atraídos por la riqueza y la fama. Agradecida Jörmungandr indicó el camino de regreso al gigante. Probablemente se volviera a perder, pues su estupidez no conocía parangón, pero eso ya no era asunto suyo. Decidió deslizarse fuera del mar por primera vez en miles de años, y puso rumbo a la aldea. El trayecto le llevaría varias jornadas, puesto que de tanto nadar, su capacidad para reptar se había visto severamente atrofiada.

Pues bien, días después hallábase Niels afilando el instrumento en su herrería, dispuesto a que nadie hiciese más burla de él. Se presentó en la puerta de su casa el Oráculo de la aldea, un anciano decrépito que vestía una sencilla túnica de piel, con un enorme capuchón cubriéndole la calva. El sudor resbalaba por su frente tras haber subido a la carrera el tortuoso camino que sube hasta la colina. Solicitó a Engla hablar con el valeroso héroe local, y fue llevado por ella hasta la forja, en el sótano. Allí, fatigado por la carrera explicó trastabillado lo siguiente:

Serpiente…Jörmungandr…Göta…peligro.- consiguió expresar desesperadamente, entre jadeos.

¡NO, NO Y NO! Primero Guisantes de Hielo, ahora serpientes pitológicas …¿pero quién creéis que soy, amoavé?-respondió el herrero, airado.- Buscarse la vida por ahí, aer ande tan tos esos guerreros que conquistan por ehí y están colmaos de menesteres. Yo soy Niels, un simple herrero que ya hizo bastante salvando los vuestros culos una vez.

Y así fue que el Oráculo cabizbajo deambuló por toda la isla buscando guerreros dispuestos, y al no encontrarlos se vio obligado a viajar a Svealanden. Allí compareció ante el rey y le expuso la situación. El monarca decidió convocar a todos los ‘jarls’ de la región, vikingos de estirpe noble que contaban con su favor. Muchos de ellos acudieron al encuentro, hombres de renombre como Gerd Escudo de Hierro, Olaf Brazo de la Tormenta o su hijo Olson, Cuervo de la Tempestad. Harald III y el Oráculo explicaron la misión urgente que habían de acometer los más valerosos de entre ellos. Sin embargo, la mayoría alegaron que la gloria vikinga aguardaba fuera de las propias fronteras, y que batallar en su tierra no era motivo de orgullo ni constituía una gesta para gente de alta alcurnia. Además recordaron como el propio Oráculo, meses atrás, les había hablado de que las conquistas en ultramar harían que las generaciones venideras les recordaran con admiración, e incluso que pasaran horas observando sus hazañas en Netflix, fuera lo que fuera aquello. Otros argumentaron que todo aquello debían de ser habladurías de un Oráculo ya acechado por la demencia senil, puesto que los escritos eran bien claros, y Jörmungandr no había de abandonar los mares hasta el día del Ragnarök. Alguno incluso se permitió excusarse con algún tatuaje reciente en su calva que podría sufrir algún desperfecto en caso de que el taimado reptil le hiriera la cabeza, lo que sería motivo de gran deshonra. Todas estos motivos parecieron muy razonables al rey Harald, puesto que él como persona noble también entendía que la gloria, el orgullo y el honor muchas veces habían de superponerse a las necesidades de una de sus aldeas.

 Y así fue como el Oráculo se encontró de nuevo a las puertas del herrero de Göta, aporreando el picaporte con insistencia. Otra vez fue Engla quien abrió la puerta, y otra vez el anciano se encontró con las negativas del tozudo artesano. Pero Jörmungandr ya estaba a unos kilómetros de la aldea, y su cabeza asomaba por entre las copas de los árboles de vez en cuando. En cuanto los aldeanos avistaron la silueta de aquel ser recortándose contra las montañas, corrieron atemorizados montículo arriba en busca de su héroe. Con aquella congregación de gente arremolinándose en torno a la cabaña, Niels se sintió presionado y se dirigió al anciano con un tono hostil:

Pero amoavé, viejales. ¿Habrase visto un guerrero enfrentándose a un mostrenco semejante con estas calzas y un chaleco? Es sabío por tós que se necesita una cotaemalla como mínimo pa estos asuntos –dijo, intentando no quedar como un completo cobarde.

-Oh, pero no hay ningún problema con eso, herrero. Podemos pedir a esta buena gente sus chismes y abalorios a cambio de la salvación, y así con ellos podrás forjar tu propia cota de malla. -respondió el Oráculo, sagaz.

Dicho y hecho, el hombre se asomó a la ventana al grito de:’’¡NUESTRO HÉROE NOS NECESITA! ¡DEPOSITAD EN ESTA CESTA VUESTROS OBJETOS METÁLICOS Y VUESTRA VIDA Y VUESTROS PASTOS SERÁN SALVADOS!’’ Aquello no hizo ninguna gracia a Niels, que ya estaba tratando de urdir su siguiente excusa y se daba cuenta de que ahora, con la gente entusiasmada y embravecida, ya no había marcha atrás. Ellos tiraban sus anillos, sus collares y sus pulseras con una sonrisa en la cara. Él, o bien forjaba una cota de malla con todas aquellas piezas y se enfrentaba a una serpiente enorme que probablemente lo mataría, o intentaba escapar por patas con aquella cesta llena de tesoros, ante un pueblo que probablemente lo atraparía y lo mataría.

Cuando la colecta acabó, el herrero cayó en la cuenta de que la elaboración de una cota de malla requeriría de una habilidad y un tiempo que no tenía. Por ello desempolvó su viejo jerkin, un chaleco de piel de lobo, y sobre él comenzó a tejer aquellos anillos que le habían sido entregados sueltos, con el fin de que adquirieran cierta consistencia juntos sin necesidad de entrelazarlos en la forja. En la espalda dispuso los anillos y anillas más grandes y aparatosos, mientras que los más pequeños los tejió sobre el pecho. Cuando se vistió aquellos ropajes, su pinta era bastante tragicómica, pero se encontraba insuflado de un extraño aliento furioso. Empezó a bullir en él cierto orgullo, aquel que no habían tenido tan siquiera los jarls que habían declinado la misión en favor de otros quehaceres. Armado con Cortarrabos salió por la puerta y montó a Asfaloth, su miedoso y flacucho corcel blanco. Ya no veía la cabeza del monstruo, pero los temblores del suelo continuaban, por lo que asumió que estaba reptando. No habían pasado ni diez minutos cuando Asfaloth se encabritó y lo tiró al suelo, para a continuación salir corriendo en la dirección opuesta. Y entonces, la vio. Irguiéndose sobre su monstruoso cuerpo reptiliano de unos diez metros, las pupilas rasgadas sobre el iris amarillento de Jörmungandr se clavaban en él, pero el herrero no se achicó. Se levantó de un brinco con ayuda de Tyr y alzó su hacha, que centelleó pese a que las copas de los árboles no permitían el paso de la luz del Sol. Como ya se había dicho, la serpiente de Midgard gustaba de avasallar y ganar batallas sin resistencia, pues no era especialmente intrépida, y además era bastante torpe en tierra firme. Sin embargo, el atuendo ridículo de Niels dio esperanzas a la escamosa criatura y soltó un par de dentelladas, confiada en poder acabar con él y conseguir una victoria sencilla. Niels levantó el hacha para defenderse, ignorando totalmente cómo empuñarla para atacar y tratando de parapetarse tras ella. Jörmungandr entonces se quedó estática, paralizada observando aquel arma, y reconoció el hacha que había empuñado Sigurd El Terrible en su batalla contra Nidhörgg, el más poderoso de los dragones que roe las raíces de Yggdrasil en Nilfheim. Supo que sus posibilidades de victoria ante un arma así eran mínimas, y decidió retirarse por donde había venido para asombro de Niels, que ya aguardaba la muerte con los ojos cerrados y las rodillas temblorosas. Al ver a la criatura darse la vuelta, sin embargo, fue pícaro y un tanto oportunista. Consiguió rebanarle un trozo de la gigantesca cola con el hacha y salir corriendo con su trofeo.

Llegó al poblado extenuado entre vítores de júbilo, y aquella noche se organizó la mayor fiesta que se recuerda en Göta, y sin duda la única parrillada en la que se degustó carne de serpiente pitológica.

Un mes más tarde llegó a puertas del herrero el Oráculo, informándole de que el rey planeaba nombrarle jarl en la aldea. Agradecido, decidió declinar la oferta, ya que él no tenía interés alguno en conquistar territorio británico, escuchar profecías o tatuarse la cabeza. Solo deseaba amar y proteger su hogar, y para ello no requería título nobiliario alguno, puesto que se había mostrado más noble y valeroso que todos ellos a tal fin. La nobleza no consiste en unos excelentes modales y un nombre enrevesado, sino que es noble quien muestra nobleza en sus acciones.

N

Anuncios
Entrada destacada

Un fétido ‘film’ de vaqueros


La violencia florece cuando los hombres temen hablar y actuar contra ella. -Morris West

El niño Billy, que no Billy el niño, descansaba sobre la mullida colcha de su cama. Postrado cuan largo era observaba el clorótico techo de la estancia con expresión vacía, mientras los últimos haces de luz vespertina se colaban por la ventana. Observó con indiferencia como el sol se ocultaba bajo la celosía que cerraba el jardín. Cuando la noche ya envolvía la amansardada casa de los McCarthy, Billy se levantó y encendió la luz de la lámpara victoriana que su timorata madre había elegido para su buhardilla. El fulgor anaranjado de la vieja bombilla bañó las estanterías, revelando las caras de aquellos héroes que Billy tanto adoraba: Van Cleef, Spencer, Eastwood, Lancaster, Wayne, Bronson y hasta un joven Kevin Costner.

Aunque hacía tiempo que contaba con acceso a plataformas que disponían de aquellos largometrajes, el niño Billy era todo un coleccionista. Los disfraces, cuya confección había supuesto un tremendo esfuerzo para la señora McCarthy, se apilaban perfectamente doblados en el interior de un oblongo arcón bajo la ventana. Había tenido réplicas de juguete de todo tipo de revólveres: el Schofield, el Army, el Wells Fargo, y por supuesto, pese al agravio comparativo del cañón más corto, su querida Colt. Aquellos últimos retazos de su infancia descansaban ahora sobre unos ganchos de acero inoxidable comprados en la ferretería del viejo Smith, que su padre había accedido a anclar sobre la pared.

A Billy no le acuciaba especialmente el sueño esa noche, por lo que decidió que era hora de desempolvar aquellas cintas antediluvianas. Era un buen día para quedarse hasta tarde disfrutando de ellas, ya que el día siguiente era el último antes de las vacaciones. Escogió una sin demasiado cuidado, puesto que su elección carecía de importancia. Largo tiempo hacía desde que se había aprendido la última de ellas de memoria. Sacó el bloque de plástico negro de la aparatosa caja y lo introdujo en el viejo y empolvado VHS, aquel que su padre accedió a cederle cuando fue destronado del salón por el flamante y novedoso DVD.

 La película transcurrió sin pena ni gloria sobre el plasma de veintinueve pulgadas de su habitación. Lo que cautivaba al joven no era el argumento, que era más o menos similar al del resto de Western; un cowboy nómada renegado viaja por los parajes desérticos de la américa del siglo XIX, se encuentra un bandido forajido con una jugosa recompensa sobre su cabeza, se decide a hacerse con los apetecibles dólares y aprovecha durante todo el proceso para rescatar a una hermosa y delicada damisela, preferiblemente rubia, que casualmente pasaba por allí. Lo que realmente lo atrapaba de aquellos filmes eran los atávicos salones, siempre dispuestos para albergar una viril refriega. Los vastos desiertos por los que se sucedían los carruajes, esperando ser asaltados por los bandidos de turno. El impertérrito Sheriff, a veces un completo inepto incapaz de atrapar a un caracol reumático, otras un antiguo pistolero infalible. Pero de todo ello lo que más poderosamente lo ligaba a aquellas viejas películas era la irascibilidad del protagonista. Su frío temperamento al percutir el tambor para deshacerse de cinco enemigos en tan solo un segundo, ese poderío tan beligerante, tan masculino. Admiraba cómo se prosternaban al final de la película tanto el antagonista como la damisela, ante aquella superioridad testosterónica. Se imaginaba a sí mismo en aquella tesitura. Veía a Lizy Parker, la rubia de la clase, irrefrenablemente enamorada de él. Saboreaba el triunfo al imaginar a los abusones de su clase llenos de verdugones después de una interminable pelea en el Saloon. Conforme el tiempo iba pasando, sus ensoñaciones comenzaron a mezclarse con sus sueños, y el niño Billy cayó dormido.

Se despertó con indiferencia a la mañana siguiente bajo el resplandor del granulado blanquinegro del televisor. Tras apagarlo se dirigió a la planta baja, donde el señor McArthy leía el periódico en traje, sin prestar demasiada atención. Saludó a Billy con la cabeza mientras mascaba sus tostadas con mermelada de cereza, y el niño hizo lo propio. Su padre abandonó la mesa a los cinco minutos, y poniéndose el sombrero se despidió con un gesto de la mano mientras cruzaba con prisa el umbral. El niño acabó con tranquilidad sus crujientes Frosties y regresó escaleras arriba. Quedaban quince minutos antes de que el colérico autobús escolar parara frente a la residencia de los McArthy, por lo que Billy empezó a preparar la mochila. Se dirigió al armario de su padre, donde guardaba el material, y lo introdujo con despreocupación en la mochila gris.

Se enfundó los tejanos y los botines de piel café. Pasó por sobre su cabeza el oscuro jersey de cuello alto y tiró de él hacia abajo, ajustándolo a su escuálido busto. Cinco minutos antes de que el chófer frenara ante la casa el niño Billy ya esperaba, con los Beats cubriéndole las orejas e inundándolo de energéticos compases de Linkin Park. Cuando al fin pudo subir al vehículo se dirigió hacia el fondo y sin mirar a nadie a los ojos, se sentó en un sitio apartado. No le apetecía mantener ninguna conversación, lo único que quería era que la mañana transcurriera rápido para poder al fin perder a sus compañeros de vista. Le disgustaba el aniñado temperamento de aquellos preadolescentes y sus pueriles bromas. Clint Eastwood sin duda no habría aguantado ni media a esos bastardos afeminados, niños de mamá que se creían muy duros porque ningún renegado les plantaba cara. Cuando el autobús se detuvo esperó a que todos se bajaran. El conductor lo apremió con pocos modales y Billy bajó el escalón con su grisáceo zurrón.

El macuto comenzó a volverse más pesado a medida que se acercaba a los tres escalones que lo separaban de la entrada del Instituto de Educación Secundaria de Arkham. Cuando llegó frente a la puerta, posó la mochila. Bajó la cremallera, asió con sus manos su contenido y abrió la puerta principal. Lo último que escuchó el joven Steve Larsson frente a su taquilla fue el característico ‘clic’ de la cámara de un Magnum 42.

Después fuego, como en el viejo Saloon.

Entrada destacada

Lidia

– “Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exhibeant.” – Lactancio.

El zumbido intermitente de la vieja Sony de tubo era solo perceptible para aquellos asiduos al bar Tremens. Lo acallaba ese suave murmullo que todas las tardes comienza alrededor de las ocho de la tarde, cuando el descuidado local empieza a llenarse de gente, y sube el volumen a lo largo de las siguientes 3 horas, para convertirse en un infernal gallinero a eso de las once.

Desde el taburete de piel marrón más próximo a la pared, no quito ojo al periódico del día, ya untado de grasa tras haber pasado por las manos de muchos de estos fracasados que engullen sus mohosas tapas. No es que la lectura sea mi gran pasión, prefiero ver el telediario a la hora de comer, o incluso escuchar un podcast de algún cretino pseudoperiodista.

‘’Aparece muerta Elena Márquez, de diecisiete años’’, es sin embargo un titular lo bastante llamativo para obligarme a leer solo por un rato. El interior de aquel ejemplar del 31 de octubre, describe cómo fue encontrado el cuerpo de la chica: por partes. Por supuesto, con todo lujo de escabrosos detalles para lectores morbosos, se detalla la investigación policial llevada a cabo para encontrar hasta el último dedo de la pobre chiquilla.

Un escalofrío recorre mi espalda mientras recorro las últimas líneas de aquel artículo amarillista, y le pido a Satur la cuenta. Como siempre tres dobles de whisky, dieciocho pavos. Joder, ya vas como una cuba nena. Paro un taxi y le indico mi dirección al corpulento chófer mientras me patina la lengua. En diez minutos me encuentro en la puerta de mi casa, tropiezo con una costumbre ya casi ritual, y a mi aspecto desarreglado e inestable se suma una notable carrera en la media izquierda. Cuesta encajar la llave en la cerradura, y cuando al fin abro la puerta esperando ver el hall, me encuentro a Nina con la mirada perdida en frente mío. Supongo que le ha atraído el tintineo de las llaves. Antes siempre esperaba despierta en el salón para recibirme a mi vuelta, y haciendo eses paso por su lado para dirigirme al lavabo. Me desprendo del poco rímel que me queda y del agobiante ‘pote’ rápidamente, y sin prestar atención a la constante compañía de mi esposa, me descalzo y camino hacia mi cuarto, para deshacer la cama y desplomarme sobre ella. El whisky es para mí igual de milagroso que para John Wayne en las viejas Western; lo uso como sedante cuando algo me duele, y también como somnífero para noches de vigilia terribles, como aquella madrugada del uno de noviembre.

En la oscuridad, siento la cama crujir cuando Nina se acuesta y arropa mi posición fetal con sus brazos. Comienza a besarme suavemente la nuca, con su frío aliento erizándome la piel. Despacio coloca sus manos sobre mis pechos, mientras sus dedos juguetean delicadamente con mis pezones. Noto como mis bragas se humedecen mientras toqueteo por encima el clítoris, y me doy la vuelta para abalanzarme sobre Nina alocadamente. Nos besamos de manera acalorada, entre ahogados suspiros, y mis labios se deslizan cuello abajo, primero sus hombros, luego sus pechos, más tarde su ombligo, y pese a torpe y borracha, compenso mi falta de técnica y atino en el sexo oral con mucha actitud. Me sigo masturbando mientras sus gemidos se intensifican, siento como sus piernas se encogen en mis brazos y los dedos de sus pies se contorsionan. Llegado cierto punto decido levantar la vista; me encanta ver a Nina cuando pone los ojos en blanco. Pero donde debía estar la cara de mi mujer solo puedo distinguir un rostro infantil pétreo, gris, y siento cómo el suave monte de venus sobre el que segundos antes se deslizaba hábilmente mi lengua se torna ahora áspero y seco como una lija, totalmente carente de vida.

Me desperté chillando como una loca, con la almohada empapada por el frío sudor y las sábanas en el suelo. Cuando se me pasa el sobresalto inicial, acepto estas pesadillas recurrentes como parte de mi rutina.  Si le dijeras a alguien de mi entorno familiar hace años que Lidia ‘’La Perfecta’’ iba a convertirse en una alcohólica esquizofrénica, malhablada, ordinaria, y bollera, a quien hubieran tomado por loco es a ti. Me crié en una familia católica, apostólica, y romana. Hija única, clase media-alta, nunca me faltó de nada. Colegio concertado y bachiller privado, ‘’la falda del uniforme nunca por encima de la rodilla’’, nos decían las monjas con gesto de reproche por los pasillos. El corsé social perfecto para que no me convirtiera en una oveja descarriada. Mis amigos de la infancia eran gente influyente, y si bien cuidaban más su fachada que su deficiente vida interior, no se puede decir que fueran malas personas del todo. Mis notas nunca fueron las mejores de la clase, pues mi principal interés no estaba en los estudios, aunque tampoco es que haya bajado nunca de un notable. Por aquel entonces incluso coqueteaba con tíos, con sus repugnantes granos y su incontinencia seminal.

Recién aterrizada en la facultad de derecho, mi madre decidió abrir la puerta para ofrecer la merienda a una ‘’compañera’’ que había venido a ‘’estudiar’’, y nos pilló con las manos en la masa. Por supuesto, la pobre Jessica tuvo que salir por patas y a día de hoy aún no me saluda. La bronca en casa fue espectacular, mi padre hiperventilaba y mentaba el nombre de los tres posibles internados religiosos de la región que le había sugerido el padre Alejandro. Mi madre, algo más comprensiva, trató de hacerlo entrar en razón, y aunque fue una ardua tarea y pensé que les iba a costar el divorcio, mi padre acabó por aceptarlo.

No obstante, comencé a sentirme incómoda no solo en casa, sino también en compañía de mis amigos. Me sentía irremediablemente sola en una sociedad clasista y homófoba que no me aceptaba. Comencé a coquetear con los típicos libros patéticos de autoayuda del estilo ‘’Nueve consejos rápidos para ser feliz’’, pero pronto descubrí que sentirse mal no significa tragarte cualquier gilipollez, por lo que los deseché. Fue entonces cuando a través de las redes sociales comencé a seguir páginas críticas con la sociedad. Me sentí completamente seducida por un bloguero en particular, de nick Alex Maquiavelo.  Su mordaz sátira frente a la rigidez social, su fuerte convicción respecto al personalismo rallando quizás un poco con lo neoliberal, su discurso de ‘’Hoy por mí y mañana será otro día’’, calaron en mis huesos como cala la música de Green Day en un ‘emo’ adolescente. Pronto comencé a volverme una persona mucho más introvertida respecto a mis gustos y sentimientos, mucho más competitiva en el ámbito laboral, y desde luego mucho más liberada en el ámbito sexual. Me apunté a una casa de citas para cualquier orientación, y allí experimenté con gente de toda clase y condición, descubriendo gustos inconfesables por el látex, y haciendo por el camino muy buenos amigos, si bien ninguna relación llegó a más.

Por las tardes pasaba mucho tiempo leyendo las reflexiones de Alex, y buscando más información sobre él, averigüé que era el fundador de la Iglesia de Satán en España. Aquello me echó un poco para atrás, debido a mi fuerte educación tradicional y al desconocimiento general alrededor del satanismo LaVeyano. Pero dada mi natural curiosidad, investigué acerca de él y descubrí que nada tenía que ver aquella Iglesia con ningún tipo de culto teísta como el Luciferismo o el Paladismo, sino que se trataba de una especie de antireligión, una organización dedicada a la aceptación del ‘yo’, que rechaza cualquier tipo de atadura social y del ‘qué dirán’. Leer autores que iban en esa línea de pensamiento, como Nietzsche o Bukowski, creó en mi cerebro cimientos sólidos sobre los que asentar las ideas satanistas. Me convertí en toda una estudiosa de Anton Lavey, el Papa Negro, escritor de la Biblia Satánica de 1969. La imagen del diablo significaba para nosotros la personificación de todo aquello rechazado por la sociedad occidental contemporánea, tan ligada aún al cristianismo.

Pero toda esta parafernalia y reflexiones interiores no me acababan de llenar, pues como ya he dicho, esta antireligión no realizaba ningún tipo de culto, no organizaba eventos donde conocer a gente que pensara como yo, más allá de alguna charla casual de Maquiavelo en Madrid y alrededores. El individualismo y egoísmo que emanaba de esta organización retroalimentaba mi ego, pero a la vez me hacía sentirme aún más sola. Descubrí foros en internet donde satanistas y satánicos coexistían, y a través de ellos llegué a conocer a gente real, como mi querida Nina.

Nina representaba todo lo que yo siempre había deseado en una mujer: mayor, culta, de familia adinerada, independiente, y terriblemente hermosa. Sus ojos de un azul electrizante eran para mí un mar de incógnitas donde perderse durante nuestras largas tardes tomando el café. Su pelo castaño a la altura de la nuca y su perfecta sonrisa me embelesaban de tal manera que llegué a sentirme profundamente enamorada aún cuando solo nos habíamos visto en persona unas tres o cuatro veces. A través de las redes sociales y también en persona, fueron calando en mí sus ideas, en un principio muy parecidas a las mías. Estaba casada con un hombre notable, se sentía terriblemente presionada por sus ataduras familiares y por los estigmas sociales, y por ello había investigado también aquellas corrientes de pensamiento, tanto satanistas como satánicas, destinadas a la liberación de su cuerpo y su alma.

Para establecer la diferencia entre lo satanista y lo satánico, huelga decir que como he explicado antes, los satanistas no son teístas, es una doctrina atea y rebelde que no rinde culto a ningún ídolo, ya sea dios o el demonio, mientras que los satánicos sí que adoran abiertamente al demonio y gozan de rituales y ceremonias, si bien la línea para mí, al ser satanista principiante, era más bien difusa. Me seducían sus confesiones íntimas acerca de los cultos paladistas, donde el esoterismo y la magia confluían con la sangre y el erotismo. Ella debió de percibir también mi receptividad, y a los escasos dos meses de conocernos, me invitó a asistir a una de sus ‘misas negras’.

A las ocho de la tarde de aquel martes Nina debía acudir (, al menos a ojos de su marido,) al curso de pilates con su buena amiga Lidia, y me pasé a recogerla en mi viejo Ford Fiesta. Esperaba que me guiara hacia alguna especie de edificación imponente y monumental, como cualquiera que tuviese en mente una iglesia al uso pensaría. La realidad fue bastante distinta; aparcamos en una calle estrecha desde la que no se distinguía ningún edificio especial, en una barriada que se veía bastante pobre y sucia. Nina sacó de una bolsa de papel un par de túnicas negras, y me indicó que me desnudara y no me pusiese nada debajo, mientras ella hacía lo propio. El color negro era el elegido para nuestras reuniones rituales, el color de la oscuridad, del demonio.

Ya cambiadas, salimos del coche y nos encaminamos hacia un bajo con dos pequeñas ventanas. Por las cortinas escarlata se filtraba lo que parecía la tenue luz de los candelabros, y cuando accedimos al interior, unas cuarenta personas con sus túnicas homologadas estaban tomando asiento sobre unas sillas plegables. Insegura como yo era, no pude evitar fijarme en que todo el mundo parecía fuera de lugar allí. Mi subconsciente llevaba semanas preparándome para encontrar a gente de lo más extraño en aquella homilía, ya había asumido que mis curiosidades indagaban más allá de la gente común. Sin embargo, en ningún rostro o apariencia física de los presentes podía distinguirse el más mínimo vestigio de una vida desestructurada. Al contrario, parecía más bien una reunión de gente de clase alta, y pese a la uniformidad de las togas, ninguno de ellos renunciaba a engominar su pelo hacia atrás, o a emperifollarse con sus anillos, collares, y pendientes más distinguidos para la ocasión. Pude distinguir incluso a algunos asistentes que acudían en pareja, el típico matrimonio de cuarenta y tantos que la sociedad tiende a considerar modélico. Por momentos, no supe si me había adentrado en una iglesia paladista o en una reunión de antiguos Boy Scouts góticos.

Poco a poco, todos fuimos tomando asiento. Me sentí avergonzada al apreciar por el rabillo del ojo como Nina saludaba a algunos de los ‘’feligreses’’, sintiendo sus curiosas miradas de arriba abajo recorrer todo mi cuerpo. Al sentarme, presté más atención al supuesto altar donde se había de celebrar el ritual, en el que para mi sorpresa no había ninguna mesa, sino una especia de pila de piedra a media altura. Un modesto púlpito de madera se encontraba a unos escasos dos metros de la pared izquierda del habitáculo. En su superficie frontal se podía distinguir una pulcra talla cincelada con el sigilo de Baphomet.

Cuando mi reloj de pulsera señaló las nueve en punto, el leve murmullo del grupo se fue apagando paulatinamente, y cuando hubo cesado, entró en escena a nuestras espaldas una figura encapuchada. Flanqueada por otros dos feligreses, aquel cuerpo que a la luz de las velas se distinguía casi como un ente fantasmal, atravesó la sala mientras todo el mundo se ponía en pie a su paso. Atada por el cuello con una soga avanzaba tras uno de sus guardaespaldas una cabra negro azabache, de largos y tortuosos cuernos. Cuando llegó al altar, el líder del culto se despojó de su capucha, dejando a la vista una calva completamente rapada, unos pequeños y sagaces ojos oscuros, y una perilla fina y cuidada. Comenzó la misa, que para mi sorpresa resultó ser bastante parecida a la cristiana, al menos en estructura.

La homilía de unos quince minutos constaba de una arenga individualista acerca del poder, el ojo por ojo, y la búsqueda insaciable e irremediable del placer humano. El pastor reflexionaba desde el púlpito abiertamente sobre principios y mandamientos cristianos, satirizándolos, parodiándolos y convirtiéndolos en objeto de burla, frente a las sonrisas socarronas y cómplices del público. No negaré que pese a lo extraño de la situación, y que a muchas de las cosas allí dichas escandalizarían y molestarían a mi familia, disfruté.

Cuando llegó el final de su discurso, un silencio sepulcral inundó la sala. Fue entonces cuando otra figura encapuchada apareció a nuestras espaldas. Bajo la túnica pude advertir la figura de una mujer, e iba descalza. Sus pies desnudos pisaban el frío azulejo mientras avanzaba con determinación. Una vez estuvo frente a la pila de piedra, se acuclilló. Asiendo la túnica a la altura de sus tobillos, se levantó y se despojó de ella, quedando completamente desnuda. La muchacha, que debía de rondar los dieciséis o diecisiete, tenía ya nalgas de mujer, las más agraciadas que yo había presenciado hasta el momento. Su pelo ondulado caía sobre sus delicados hombros, dándole un aspecto inmaculado y angelical. Como si formara parte de un saludo ritual se inclinó y besó la mano izquierda del pastor. Tras este gesto, él se deshizo de la túnica también, y la chica procedió a besarle el pecho, bajando serpenteando hasta sus genitales. He de admitir que me incomodó sobremanera la situación. Pese a las experiencias múltiples y variopintas que había tenido anteriormente con desconocidos en las casas de citas, los menores siempre habían sido una línea roja que yo jamás sobrepasaría. Me sentía asqueada y sucia presenciando aquella atrocidad. No obstante, viendo la calma que imperaba a mi alrededor, comencé a relajarme. Al fin y al cabo, no era mi problema, esa chica no tenía nada que ver conmigo. Ni la conocía ni pensaba tocarla en ningún momento de la ceremonia.

Nina debió de advertir mi gesto primerizo de contrariedad, por lo que se inclinó hacia mi oído y me susurró:

-No pasa nada, Lidia. Sus padres están allí, ¿ves? -decía señalando hacia una pareja de ‘’feligreses’’ de unos cuarenta y cinco, que miraban hacia la escena sonriendo.- La chica está cómoda, nada malo le va a pasar.

Esto terminó por ablandar mi ya endeble reticencia moral. Seguí mirando tranquilamente cómo el pastor se daba la vuelta y con sus manos abría las nalgas, mientras la joven aproximaba sus carnosos labios y le besaba el ano. Más tarde me enteraría de que todo ese rito de los besos corporales obscenos forma parte de un saludo llamado osculum infame, si es que al lector le resulta más llevadero ponerle nombre a la violenta práctica.

La chica se tumbó entonces sobre la pila de piedra, con la piel de gallina y los pezones duros por el frío. El acompañante del pastor más próximo al púlpito le acercó un cáliz, que éste depositó con cuidado a la altura del bajo vientre de la joven. El de la derecha le aproximó un cuenco repleto de obleas, que él dispuso sobre el esternón de la muchacha, entre sus voluptuosos pechos. Mediante unas bridas entrelazó y aseguró los brazos y piernas de su recién creado altar humano. Se distribuyeron también múltiples cuencos de cerámica negros en círculo, alrededor de ella. Acto seguido, el pastor desató el nudo que sostenía a la cabra próxima al púlpito, y sus ayudantes la auparon encima de la chica. Aquel hombre sacó una daga dorada, y mientras sus súbditos aún sostenían al animal, comenzó a apuñalarlo sin piedad, primero en el vientre y después en el cuello. Mientras el animal agonizaba desangrándose, el cuerpo femenino desnudo bajo él se embadurnaba de sangre y vísceras. Con los movimientos descontrolados del chivo, el cuenco de las satíricas ostias malditas se tambaleó y se cayó al suelo. Lo mismo sucedió con la copa. A medida que el animal fue perdiendo fuerza, y sus envites se volvían más intermitentes, los macabros monaguillos fueron acercando los cuencos, llenándolos de la sangre que brotaba a borbotones. Pude contar que serían cerca de unos diez recipientes. El cáliz también recibió su dosis de fluido escarlata, así como el cuenco de las obleas, ya recogidas del suelo.

Tras esta dosis de muerte tan descarnada, la muchacha respiraba agitadamente, pero no gritaba. Tuve la sensación de que llevaba tiempo ya mentalizándose, que sabía exactamente en lo que consistía la ceremonia. El pastor bebió sangre del cáliz y masticó una de las obleas. Le alcanzaron un cutter, con el que se deshizo de las bridas que ataban las piernas de la adolescente. Se abalanzó sobre ella y la penetró, y con ello se inauguró oficialmente la orgía. Todo el mundo se despojó de sus túnicas y tomó una de las ya consagradas ostias. La decena de cuencos distribuidos por la sala rotaban de unos a otros, y la sangre era usada a modo de aceite corporal, como si se tratara de un lubricante cualquiera.

Me ruborizó reparar que tanto Nina como yo estábamos desnudas la una junto a la otra, pero ella cogió mi mano con un gesto tranquilizador, y de manera súbita me besó. Me gustaría poder decir que nuestra primera vez fue en un ambiente más romántico, más controlado, pero no. Fue allí. Embadurnadas de sangre, rodeadas de completos desconocidos que pujaban por unirse a nuestra fiesta particular, pero que pronto se dieron cuenta de que lo nuestro se había convertido en una escaramuza privada. Nos dirigimos a uno de los sofás del fondo de la sala, y lo hicimos nuestro. Yo, acostumbrada como estaba a estudiantes novatas que buscaban experimentar, gocé como no había gozado nunca. Era tremendamente habilidosa y experimentada, sabía dónde tocarme para mantenerme continuamente al borde del éxtasis, y cuando me vine, me sentí completamente encharcada por primera vez en mi vida.

Siempre tuve la sensación de que yo no fui lo suficientemente generosa aquella noche, obnubilada como estaba por el desbordante placer. Sin embargo, a mi querida Nina no pareció importarle, puesto que después de aquel martes comenzamos a quedar con más asiduidad. Cuando me confesó que ella también sentía algo, me vi en un dilema moral. No se trataba solo de su marido, sino de la hija que tenían en común. Pasé semanas sintiéndome como una ramera, una destrozadora de familias, una mierda.

Pero la decisión de Nina era firme. Comunicó a Leopoldo su decisión y éste la respetó con sorprendente naturalidad, aunque yo sabía del enfriamiento que hacía tiempo afligía su matrimonio. Diría que incluso desarrollé cierto respeto y una relación cordial con el exmarido de mi por aquel entonces novia. Una vez se divorciaron de manera oficial, nos casamos y nos hipotecamos para comprar un pequeño adosado de planta baja. Elena, la hija de seis años de Nina, se mudó con nosotros. Leopoldo nunca tuvo ningún tipo de problema para ver a la niña; podía visitarla cuando quisiera y los martes por la noche dormía en su casa. La acercábamos en coche para poder asistir sin preocupación a nuestras sesiones de ‘’pilates’’.

Seguíamos asistiendo a aquellas ceremonias, que poco variaban de una semana a la otra. Pese al deleite que me proporcionaban, notaba cómo a medida que nuestra relación matrimonial se iba enfriando, Nina cada vez pasaba menos tiempo conmigo en el momento cumbre de los martes. Aunque ligada a mis creencias estaba una fuerte defensa de las relaciones poliamorosas, y mi mujer insistía en que no significaba nada, pronto comencé a desarrollar celos. Ver cómo el pastor o cualquiera de los ‘’feligreses’’ poseían al amor de mi vida no era plato de buen gusto, y tras fuertes discusiones con Nina, decidimos de común acuerdo que yo dejaría de asistir a las ceremonias.

Aquello mejoró tremendamente el frío distanciamiento que se había producido los últimos meses, cuando quizás el bloque de hormigón conformado por mis inseguridades me había hecho tratarla mal. Durante los siguientes diez años fui la esposa perfecta. La iba a llevar y a recoger a la Iglesia, si bien cuando alguno de los asistentes me preguntaba el por qué de mi prolongada ausencia, yo respondía con patéticas evasivas, alegando cambios de turno en el trabajo y demás excusas baratas. El Tremens se convirtió en mi nueva Iglesia, bien apartada de la de Nina. Nada me aportaba más consuelo que llegar hasta el fondo del ancho vaso de Daniel’s.

Durante esos diez años, la pequeña Elena fue creciendo. Vi sus pecas desaparecer y sus curvas pronunciarse debajo de la prieta ropa que le gustaba lucir. Iba camino de convertirse en toda una señorita hecha y derecha, y más de una vez compartió sus confidencias conmigo. Supe qué chicos de su clase le gustaban, e incluso me dejó leer su diario alguna vez, con ciertas confesiones privadas que no mencionaré aquí. Nos hicimos muy buenas amigas y podría decir que aún a día de hoy, la siento como si fuese hija mía.

Los meses de agosto y septiembre de este año, Nina se había vuelto más huraña con su tiempo libre. Dejó incluso de acudir a los ritos durante las tres primeras semanas de septiembre, porque según ella ‘’se estaba preparando para algo más grande’’. Se encerraba en su cuarto con la Biblia Negra, y recitaba una y otra vez entre susurros partes salteadas del libro de Belial y el libro del Leviatán. Yo la escuchaba a través de la puerta, dado que ella ponía el pestillo de la sala de lectura para que no me inmiscuyera en sus reflexiones. Se obsesionó con la magia oscura hasta el punto de rayar la locura, informándose a través de libros antiguos acerca de diversos rituales macabros sobre los que yo siempre temí indagar. A veces, me despertaba de madrugada para ir al baño y me la encontraba en el pasillo con el pelo enmarañado, sucio. Caminaba, mientras recitaba con una voz grave y profunda un salmo en latín que llegué a distinguir tras semanas de investigación:

Salve Satanas, Salve Satanas, Salve Satanas

In nomine dei nostri satanas luciferi excelsi

Potemtum tuo mondi de Inferno, et non potest Lucifer Imperor

Rex maximus, dudponticius glorificamus et in modos copulum adoramus te

Satan omnipotens in nostri mondi.

Estos episodios comenzaron a preocuparme y asustarme, y cuando Nina me pidió que la acercara a la Iglesia aquel veintisiete de septiembre, me negué rotundamente. Tuvimos una fuerte discusión y cuando la vi marchar con Elena en el coche, me dirigí al Tremens dispuesta a ahogar mis penas. Mientras me encontraba en aquel ambiente decadente, ya bien avanzada la tercera copa, sentí vibrar el móvil. Tuve que salir al exterior del ruidoso antro para responder.

-Lidia, ¿sabes algo de la niña? -distinguí la grave voz de Leopoldo al otro lado de la línea.

-La verdad es que no, Leo. ¿No está allí? Quizás haya ido a dar una vuelta con sus amigas.

-Sí, puede ser -respondió con una risa entrecortada, nerviosa. – Le he llamado al móvil y no responde.

-En ese caso, debe tratarse de un ‘’amigo’’. – dije aunque algo inquieta, para quitarle hierro al asunto.

-Supongo que ya no es mi niñita pequeña, ¿eh? Gracias de todos modos, Lidia.

-De nada. No te preocupes. Es mayorcita, estará bien.- y colgué.

Quise fingir para mí misma que su llamada no había activado la voz de alarma dentro de mí. Entré en el bar, acabé mi copa sin prisa y me dispuse a pedir otra. Cuando Satur vino a atenderme, sentí que no podía permanecer un segundo más en el bar. Una fuerza más poderosa que yo me impelía a regresar a casa. Le pedí la cuenta y miré mi reloj; las doce menos cuarto. Muy probablemente Nina ya habría llegado.

El taxi llegó a casa en unos diez minutos. Cuando abrí la puerta Nina estaba allí en el hall, esperándome de pie. Miraba al frente y su mirada estaba vacía. No gesticulaba. No articuló el habitual ‘’hola, cariño, ¿qué tal?’’. Parecía estar de cuerpo presente, rígida  como una cáscara vacía. La saludé sin obtener respuesta alguna, y quitándole importancia pasé frente a ella para posar el bolso sobre el sofá. Me propuse a dirigirme a la cocina para preparar algo rápido, pero observé que ella permanecía inmóvil frente a la puerta. Aproximándome por detrás, le puse la mano sobre el hombro, y cuando se dio la vuelta formulé una pregunta que un par de minutos atrás, no me había atrevido a pronunciar:

-Cariño, me ha llamado Leo. Está preocupado por la niña, no se ha pasado hoy a cenar. ¿Sabes algo?

-Elena no va a volver a pasarse a cenar, Lidia. -respondió trabajosamente, como si su garganta estuviera reseca.

-¿Qué coño estás diciendo, Nina?-sabía perfectamente lo que estaba diciendo. Hacía casi una hora que las piezas estaban unidas, pero el corazón me había vendado los ojos para no verlo. Lo sabía, aunque no quería saberlo.

Comencé a sollozar, a temblar, y sentí a mis piernas perder fuerza hasta que caí de rodillas sobre la moqueta azul. Tirada en aquel suelo lloré desconsoladamente hasta el hartazgo por una hija ajena que llegué a sentir como mía. Poco a poco levanté la mirada, mirando  de arriba a abajo a aquel monstruo capaz de sacrificar a su propia hija. Nina seguía de pie, inexpresiva. Delante de mí seguía viendo solo a mi mujer, pero no sentía que fuese ella. Irradiaba una oscuridad y una maldad que me hacían sentirme enferma, una mezcla entre el terror y las náuseas. A riesgo de que me tomen por loca, diré que a la luz de la lámpara, la sombra que proyectaba su cabeza sobre la pared tenía dos protuberancias. La sombra de su espalda se ensanchaba, como si estuviera desplegando unas enormes alas. De un dobladillo de su jersey, sacó una daga dorada y la dejó caer al suelo, junto a mí. Comencé a sentir una enorme repulsa hacia aquella corrupta mujer, aquella fuerza oscura que me había arrebatado a Nina y a Elena. Sentí cómo esa oscuridad que inundaba el hall calaba en mi interior y me daba fuerzas.

Así la daga y me levanté para plantarme frente a ella. Quería, no, necesitaba hacerle daño. Agarrando el puñal con todas mis fuerzas, le asesté un golpe tan fuerte en el esternón que sentí el crujir del hueso y cómo se aflojaba su cavidad torácica. Cuando cayó derribada al suelo, me coloqué a horcajadas sobre ella y le asesté tantas puñaladas a esa puta zorra que podría haber hecho salsa boloñesa con sus vísceras. Cuando volví en mí y fui consciente de lo que había hecho, nada pudo consolar mis días ni mis noches. Un par de días después, sin saber qué hacer con el cuerpo de Nina, la descuarticé en la bañera y quemé sus restos en la chimenea, uno a uno. Temía que si no lo hacía así, el mal perduraría.

Hace un mes y tres días que asesiné a mi mujer, y soy una sombra de lo que un día fui. Acostarme tarde y alcoholizada es lo único que me mantiene alejada de los malos sueños. Suelo ver a mis chicas cuando vuelvo colocada, pero nunca su presencia había sido tan vívida como esta noche. Debe ser verdad que la noche de difuntos, la barrera entre el mundo de los vivos y los muertos se debilita.

Ahora que han encontrado a Elena, la policía no tardará en llamar a mi puerta. Espero que me encierren el tiempo necesario para que el mal que habita en mí nunca pueda propagarse. Esta es la confesión escrita de Lidia Robledo, a  martes 1 de noviembre de 2016.

Entrada destacada

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora